Las sillas rechinaron en el suelo y las voces cesaron cuando fuimos entrando en fila india en la habitación. Nos apiñamos en la pared detrás de los estudiantes, algunos sentados encima de sus pupitres verdes y rotos. Todos ellos, veinte y pico de quinientos cuarenta y cinco del Instituto Ramón Carande, nos estudiaron atentamente.
Para ir a este salón de clase se pasa por una puerta azul de metal pesado y luego un guarda permite a la gente entrar o salir de la escuela secundaria. El barrio de las Tres Mil Viviendas, dónde está situado, ha sido pobre y marginado desde su creación en los años setenta, según Ibán Díaz Parra, quien trabaja en el Departamento de Geografía Humana en la Universidad de Sevilla.
“En 1976 se crean las Tres Mil Viviendas exclusivamente con familias desahuciadas del centro y procedentes de los últimos refugios que quedaban en la ciudad”, escribió en su artículo, “Un caso de segregación. El Polígono Sur”. Esta división entre los barrios ricos y los marginales de Sevilla ha continuado hasta hoy, dijo Díaz Parra.
Los problemas de los barrios no dejan a los estudiantes en la puerta de Ramón Carande. A la llegada en la plaza se nota el sonido de miles de voces saliendo de las ventanas abiertas y cubiertas con barrotes oxidados. El verde brillante del sol en las plantas y la paz en el patio contrastan con la blanca fachada vieja y el ruido de la vida dentro. Los problemas acompañan a los estudiantes a sus clases y determinan, en algunos casos, la trayectoria de sus vidas.
Encarnación Quiroga, psicóloga y orientadora académica del Instituto de Enseñanza Secundaria Ramón Carande, describió a los chicos como estudiantes de la calle más que de la escuela. Muchos sufren retos en sus vidas más grandes que la tarea, dijo ella.
Julia Casanovas, subdirectora del I.E.S. Ramón Carande desde 2010, explica estas dificultades en su artículo, “Contexto sociocultural y perfil del alumnado escolarizado en el I.E.S. Ramon Carande: Breve resumen de la historia del centro.”
“Esta zona de la ciudad se caracteriza por sufrir un gran deterioro social, económico y cultural, con un alto nivel de marginalidad debido al desempleo, a la desestructuración social y a las escasas expectativas respecto a la educación como medio para salir de su estado,” escribió Casanovas.
Como esta descripción, Davíd, un chico del barrio Los Mary’s, caracteriza su sitio como muy “conflictivo.” Más conocido por sus amigos como “Chaves”, que es su apellido, él tiene 15 años, pero habla con fluidez de las drogas y de los peligros que ha encontrado.
“Es fácil empezar con las drogas, porque están por todas partes en mi barrio,” dijo él, que probó el hachís cuando tenía 12 años. Dijo que podría ser el comienzo de una vida de drogas.
Sin embargo, a pesar de todas las dificultades que hay en su barrio y en su vida, él no quiere salir cuando tenga la oportunidad. Al contrario, dijo que es un lugar donde tiene muchos amigos. Existen muchos problemas, todavía es su hogar.
Cuando estaba hablando sobre todo esto movió la mano como si quisiera hablar de otro tema. Sus cuatro amigos, sentados juntos en una mesa grande, asintieron con la cabeza y escucharon atentamente mientras él describía su situación, bien conocida por todos ellos también. Davíd, Adrián, Cristóbal, Marcos y Wilber se describen como amigos muy cercanos. Adrián aclaró que él había sido amigo de Cristóbal y Chaves desde su niñez, mientras que había conocido a los otros dos en las clases.
Cuando entramos en la clase, los cinco estaban sentados juntos y le pidieron a la profesora que les dejara quedarse juntos en la conversación con los angloparlantes. El grupo se reía mucho con chistes personales, pero también hablaban con entusiasmo de sus vidas individuales y los talentos de sus amigos.
Normalmente en una mañana como esa, los cinco habrían estado en la clase de tecnología aprendiendo a usar las herramientas. Sin embargo, saben que no asistirán a las clases para aprender ni para continuar su educación después de la escuela secundaria.
“Estamos aquí para pasar el tiempo con nuestros amigos,” explicó Wilber, un chico Colombiano de 16 años de edad. Según sus amigos, a él lo que le gusta es cantar flamenco, como a Marcos, que lo que le encanta es hacer graffitis, pero los dos bajaron los ojos en vez de mostrar sus habilidades. Sus amigos continuaron diciendo que sus futuros no necesariamente incluyen una carrera universitaria.
Como muchos de sus compañeros, Adrián quiere enseñar la educación física mientras Marcos, cuyos padres inmigraron de Polonia, quiere ser policía.
Según Quiroga, muchas familias no ven la educación como algo importante, y sus hijos reflejan esta perspectiva en sus vidas diarias y en sus metas para el futuro. Sólo un treinta y cinco por ciento de los estudiantes del bachillerato de Ramón Carande acceden a la universidad, dijo ella.
Pero se les iluminaban los ojos cuando la conversación trataba de sus vidas actuales. Películas como “Saw” y “Los rápidos y los furiosos” dominaron un debate sobre gustos cinematográficos. Luego, le tomaron el pelo a Wilber por su afición por la música de reggeatton y flamenco mientras sus amigos escuchaban Kanye West y otros artistas de pop.
Como dijo Quiroga, “Son chicos de la calle, y por eso son muy vivos.”
